Si líricamente pudiera darse un arrebato inteligente y desmesurado de interrogación completa y sistemática acerca de la realidad, podríamos afirmar que LA CONJURA DEL DRAGÓN lo representa en su más alto exponente. Una vez más, GUSTAVO DE HAKELDAMA arroja sobre esta obra de múltiples argumentos -que a fuerza de tenerlos todos no tiene ninguno-, pavorosa de tentáculos y exuberante en su estructura, un torrente de ingenio y esmerado que- hacer lietarario, que persigue un único y definitivo objetivo: reírse de uno mismo. ¿Qué sentido tiene la escritura -se interroga el autor- cuando el simple hecho de balbucear palabras sean cuales sean, resulta un acto vomitivo, insoportable a la inteligencia y al conocimiento? ¿Cómo poder decir sin decir, hablar sin manos y sin lengua? ¿Por qué razón hacer zozobrar el silencio con el aboroto de la palabra, cuando está demostrado que la risa, la lucidez y el conocimiento son mudos, y sus circunstancias sordas?, en definitiva ¿para qué escribir si el silencio no necesita limosnas, siendo más ejemplar hacer caridad con el ruido, callándose? Escribir resulta entonces un acto vandálico y absurdo, estrenar una obertura en una cochiquera, ante una piara de cerdos enloquecidos por el asco. LA CONJURA DEL DRAGÓN, en resumen, pone de manifiesto con singular furia e ironía un problema bicéfalo: en primer lugar, que la realidad es un cadáver que nadie sabe donde guardar porque no se conoce donde está el cementerio y, en segundo término, que la palabra, en efecto, es un microscopio para ver la nada, pero mal enfocado, porque en realidad, no se ve nada.